2016,  Opinión

UNA NUEVA HUMANIDAD

  22.03.2016 Rafael Guardiola    Jordi Casas, el experimentado director titular del Coro de la RTVE y de la Gran Misa en Do menor, K427 de W. A. Mozart,  que tuve el placer de saborear el pasado sábado 19 de marzo en el Teatro Cervantes de Málaga, ignora el atávico poder que le he atribuido a sus nobles gestos. No es consciente, sin duda, de la inmensa metáfora auditiva que dibujó en el espacio y ha obrado como dulce lenitivo para calmar la desazón que me han provocado las serias noticias de hoy, los insensatos atentados de Bruselas, no menos dolorosos que los que han azotado recientemente a las tierras turcas.

 

Jordi Casas abrazaba, una y otra vez, casi maternalmente , a los intérpretes del elegante rito expiatorio de Mozart. En una carta a su padre de enero de 1783, Mozart confiesa que su Gran Misa es fruto de una amorosa promesa y se eleva como un imperativo moral: hace votos por la pronta recuperación de Constanza, su esposa, y ofrece una oda a la belleza, finamente engarzada, implorando a un ser omnipotente para que la salud retorne a su compañera y pueda ésta cantar los poéticos somos de la obra, como así hizo finalmente en octubre de 1783. Mozart no compone aquí por encargo, ni se obstina en trascender la maestría de las obras sabrás de Bach, sino que se entrega, a mi entender, a la exploración sincera de las posibilidades cósmicas y matemáticas de la música gracias a la iluminación de la orquesta y el coro a solas, a solas con su corazón, con la libertad del singular acto creativo, y con un libidinoso sentimiento de piedad hacia el que sufre como un masón tan ejemplar al estilo de Haydn.

 

Jordi Casas tiene una estatura discreta, pero sus manos maternales mueven multitudes. Sus brazos nos protegen del gris resentimiento de los nietzscheanos animales de rebaño, de la moral contraria a los impulsos naturales, que abrazan -con brazos bien diferentes- los amantes suicidas de Thanatos. Estos últimos se han empeñado en renunciar a su humana excelencia, cercenando la paz y la partitura viral de los que, tal vez ingenuamente, albergamos ciertas esperanzas de comunicación y entendimiento planetarios.  La profunda oración de Mozart y el abrazo sincero de Jordi Casas, son el camino de una vieja «nueva Humanidad».