LA MAGIA DE LA AMISTAD
24.04.2016 Rafael Guardiola Iranzo Es para mí un honorhablar del talento que atesoran las páginas de La magia de los días,la última novela del centauro y mago Antonio Báez Rodríguez, un aprendiz de brujo nacido en Antequera hace unos cuantos años, un tenaz profesor de Cultura Clásica con el que compartí más de quince años en el IES Jacaranda de Churriana, y que ha sido publicada con esmero por la Editorial Talentura. Como pueden observar, las palabras no son gratuitas en todo esto.
El olvido, como envés de la memoria, es el protagonista de la primera novela de Antonio Báez, publicada en septiembre de 2011 también por la editorial Talentura y titulada La memoria del gintonic. Desde que apareció su primer libro de relatos, Mucha suerte en el año 2008 (narrador.es), Antonio Báez ha publicado también Griego para perros, en la editorial Sabara (2012), libro que concibe como un “híbrido de relatos, microrrelatos y novela”, y ha colaborado con cuentos y microrrelatos en antologías como Mar de pirañas (Menoscuarto, 2012), Velas al viento. Los microrrelatos de la nave de los locos (Cuadernos del vigía, 2010), y en Blogs de papel (Editores Policarbonados, 2009). Numerosas son también sus publicaciones digitales y meritorio su Blog cuentosdebarro.blogspot.com, que mantiene desde
el año 2007, y que fue nominado como mejor Blog de creación por la Revista de Letras en el año 2011.
Como Adán, el protagonista de la novela, mi amigo Antonio Báez es “un detective de vidas ajenas” especialmente dotado para la ironía agridulce y para suscitar en el lector una cascada compleja de emociones sencillas, como hacía el feo Sócrates, al parecer, cuando ejercía el oficio de partero intelectual en los mercados atenienses y con la sinceridad y descaro de Diógenes cuando se masturbaba con fruición en el ágora ante los ojos bienpensantes.
Me gusta pensar que La magia de los días se ha sumergido, alevosamente y sin permiso, en la noble tradición de la novela filosófica que tanto agradaba a los ilustrados del siglo XVIII. Me gusta imaginar a Antonio Báez convertido en un Voltaire malagueño, desayunando cien ostras regadas con una botella de champagne, tras una agitada y sudorosa noche de placer carnal. Me gusta ver a Antonio Báez travestido como una Penélope seductora y sin depilar, tejiendo la urdimbre del relato de millones de Ulises tuertos, curiosos y erráticos, movidos por el deseo de hacer magia, sonriendo a la nada, al vacío de nuestra existencia mortal. Como sucede en el ingenioso cuento de Voltaire de 1767 que lleva por título Cándido o el optimismo, el relato del que nos ocupamos tiene un final abrupto. Todo acaba “como si no hubiese pasado nada”. Parece como si no tuviéramos razón alguna para atormentarnos pensando en las desgracias que aparecen a lo largo de la vida, de una vida marcada por el dolor, la fatalidad y el vértigo paralizante. Un tema recurrente del Cándido de Voltaire y de La magia de los días es la sucesión y acumulación de calamidades que acontecen, con la sombra del destino inexorable como telón de fondo y horizonte vital. Por otra parte, no hay que olvidar que Cándido y Adán comparten en su viaje a lo largo del gran teatro del mundo la misma motivación: la ingenuidad y la capacidad de asombro.
Mi amigo Antonio es un consumado aficionado a los viajes exteriores e interiores, es un testigo de la magia que llueve con los días, pero no es precisamente un estoico como el protagonista de su novela. Me gusta pensar que es un cínico diplomado. Se rebela corriendo y dando gritos cuando la ciudad duerme, y buscando vivos entre las tumbas de los cementerios. Definitivamente el emperador Marco Aurelio no tiene razón: no hay que abstenerse del placer ni soportar el dolor. Para vivir bien basta la magia. Mi diagnóstico filosófico es simple: Antonio Báez se ha encontrado de frente consigo mismo, jugando a ser un detective de vidas ajenas de la mano de Sócrates, Diógenes y Marco Aurelio y, de paso, nos ha mostrado el valor terapéutico que la literatura tiene en momentos de crisis.
La magia de los días consta de dos partes perfectamente ensambladas por un centauro irreverente, aficionado a tejer historias verosímiles con un realismo pedestre, casi de sopa de picadillo, gazpachuelo o porra antequerana, con ribetes aristocráticos, que gusta de provocar mágicas sorpresas en el lector bien temperado. La primera abarca un conjunto de relatos (“El magnetofón”, “Insomnio”, “Hospital”, “Cumpleaños” y “Ven, Capitán Trueno”), y la segunda, comprende la novela La magia de los días, que aparece como el fruto de una conversación mantenida por el autor del relato y Adán, su protagonista, durante veinte años. Sólo nos queda ceder la palabra, al autor de La magia de los díaspara que tenga a bien revelarnos el secreto de alguno de sus trucos. Que ustedes lo pasen bien.