2016,  Opinión

LA SOLEDAD SONORA DE LA LECTURA

12.05.2016 Rafael Guardiola Todos aquellos que, por obligación o por devoción, frecuentan los actos académicos, como es mi caso, convendrán conmigo en que no es fácil hoy en día quedarse ensimismado por las buenas artes de un conferenciante, hasta el momento desconocido. Más aún, cuando son dos las ponencias seductoras, desprovistas del ropaje y la imaginería de las nuevas tecnologías, y éstas se suceden en el tiempo en la misma jornada. Esta feliz conjunción astral se produjo el pasado jueves 5 de mayo en el Salón de Actos de la ETSI de Informática y Telecomunicación de la Universidad de Málaga, con motivo de la reunión general de la Red de Bibliotecas Escolares de la provincia, a la que asistí como responsable de la Biblioteca del IES Jacaranda de Churriana. Son múltiples las voces que ya han mostrado su agradecimiento a la Administración Educativa por la sabia elección de los ponentes en el foro del que participamos los sufridos bibliotecarios, en sintonía con mis palabras. No voy a ser muy original por ello, como reclama el pensamiento posmoderno, pero sí pretendo ser justo. No en vano, ambas ponencias invocaron la memoria del checo Franz Kafka.

 

En su conferencia titulada “Leer para qué”, el escritor, ensayista y filósofo residente en Túnez, Santiago Alba Rico, desgranó con pericia las tesis principales de su magnífico libro, Leer con niños, cuya primera edición data de 2007, pero que no ha perdido ni un ápice de actualidad. Nos habló de “cocina y lectura”, del tiempo infinito que dedicamos a la digestión y de las delicias que obra en nuestro cerebro el sabor de la lectura apelando al testimonio de Sor Juana Inés de la Cruz y a su propio tránsito diario por las dependencias de su vivienda en tierras lejanas. Santiago Alba nos invita a recorrer el espacio que va del estudio de su casa, donde impone su ley el divino ordenador gracias al que encadena sus pensamientos y desarrolla su intenso trabajo intelectual, hasta la lejana cocina, en la que el entendimiento cede paso a la elaboración de los productos perecederos destinados a la digestión. Entre el ordenador y la cocina ha erigido un monumento a la vida reposada en forma de sillón de orejas, a medio camino de todo, en el que se consagra a la lectura para no olvidar rápidamente en qué consiste vivir. Dice que es a Darwin al que suele leer en este tránsito, en este anacrónico monumento de la duración bergsoniana, del “tiempo vivido”, subjetivo, un continuo presente continuo que nos arroja fuera de las fauces del tiempo de los físicos, sea del tiempo absoluto de Newton, sea del tiempo relativo de Einstein. Santiago Alba confiesa que su lectura de Darwin es una especie de kantiano fin en sí mismo, pues su profesión no es la de biólogo, ni se acerca al libro para degustar sus sabores literarios, que los tiene. Lee para no olvidar rápidamente que está vivo, dado que nos encontramos en una sociedad de la destrucción generalizada, en la que lo producido hoy desaparece antes de seis meses, en el mejor de los casos, y perdemos su rastro. Saturno devora a su hijo con una velocidad de vértigo en el estado de guerra permanente que marca la sociedad del consumismo delirante y el imperio arrollador del mercado y el “valor de cambio”, hasta el punto de que el ocio se ha proletarizado, se prepara para ser digerido y reducido a un pestilente detritus.

 

Para Santiago Alba, en nuestras sociedades industriales avanzadas –es un decir- ya no hay cosas, ya no hay objetos, sólo mercancías. El usurero Shylock del Mercader de Venecia de Shakespeare se frotaría las manos simplemente con el roce de semejante idea. Los objetos que no han sido desnaturalizados nos suelen devolver una imagen especular que nos convierte en sujetos, en protagonistas de nuestro tiempo. En los objetos –sean artefactos, como un libro, o de carne y hueso, como un niño- podemos fijar nuestra mirada, pueden llamar así nuestra atención y volverse interesantes. Los objetos son auténticos archivos de la memoria y encierran el misterio del proceso de su elaboración o aparición. E incluso se mueren y podemos asistir a sus estertores. Pero esto no pasa con las mercancías, que desaparecen rápidamente de nuestra vista, que mueren anónimamente aquejadas por el mal de la obsolescencia programada o la voracidad del intercambio ventajoso que, según los calvinistas, revelaba la ansiada salvación tras el Juicio Final. Y en lugar de la imagen del Tío Gilito de Disney, nadando en el océano de sus billetes y monedas relucientes, el presente nos devuelve la del cretino bronceado Donald Trump, un adalid de la digestión a gran escala y de la ley del Oeste. Nuestra amada sociedad civil languidece y ve cómo se atrofian la razón, la memoria y la imaginación de los ciudadanos. La propuesta de Santiago Alba es simple y revolucionaria: hay que leer para recuperar y conservar, para reconquistar nuestro presente, el tiempo como duración, para distanciarnos de lo que nos aliena y embrutece.

 

“La pasión de leer” fue el título del segundo regalo de la mañana y su artesano, Antonio Basanta Reyes, Vicepresidente Ejecutivo de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, un ponente que transmite un entusiasmo y un cariño inconmesurables, casi lascivos, dignos de la mismísima Sherezade. Comparto con Antonio Basanta que la lectura es un acto de rebeldía, un ejercicio de soledad sonora que se modula con el propio devenir de nuestras mortales existencias. Ya es hora de proclamar las virtudes de la actitud lectora ante la vida, para que se instale definitivamente en nuestras meninges y recoja el testigo del grito descarnado de Kant, “sapere aude”. La lectura crítica, reflexiva, nos permite observar sin ser ingenuos, interpretar lo que acontece y comprender profundamente hasta lo incomprensible. Gracias a la lectura podemos, incluso, llegar a ver con el corazón. Eso es lo que hizo Franz Kafka, ya muy herido por la tuberculosis, cuando fue capaz de hacer que una niña olvidara la pérdida de su muñeca más querida creando una historia para ella durante dos semanas a través de unas cartas imaginarias, cartas que compartieron, felizmente, en un parque berlinés.