LA VIDA NO ES TAN BELLA
13.05.2016 Pepe Cabrera Villalba “Empieza el juego. Quien no haya llegado ya no juega. Se precisan mil puntos. El primer clasificado ganará una vida nueva fuera de este camión. Menuda suerte. Cada día leeremos la clasificación, al último clasificado le colgaremos un cartel que dirá “asno”. Aquí en la espalda. Los de ahí fuera están en el equipo de los súper malos que gritan que te llevarán a un centro de internamiento de extranjeros sin caramelos, si te descubren. Quien tenga miedo pierde puntos. En tres casos se pierden todos los puntos: los pierden, uno, los que empiezan a llorar; dos, los que quieren ver a su mamá; tres, los que tienen hambre y piden la merienda.”
Este es un párrafo de la película “la vida es bella” de Roberto Benigni. La vida sigue siendo bella para algunos en Europa, como pasaba a principios de los 40 y cuenta esta película. Antes, hombres y niños hacinados en un campo de concentración alemán; hoy, y aunque salvando afortunadamente las diferencias, hombres y niños hacinados en campos de refugiados en Grecia y Turquía, estacionados allí por la insensibilidad de una Europa que debería acogerlos de brazos abiertos. Distinta época, parecidas circunstancias, el mismo sufrimiento por culpa de lo inhumano de las políticas europeas de inmigración y acogimiento.
El problema de los refugiados de guerra e inmigrantes ilegales, no es un problema que la Unión Europea en este caso, asuma como propio más allá de lo puramente formal, esa formalidad que se traduce en dirigentes en rueda de prensa mostrándose dispuestos a hablar con otros dirigentes y a ver si la próxima semana, y sino la siguiente…se arregla el “problemilla”. Hace tiempo que el factor humano dejó de ser una prioridad en el lugar donde vivimos. Hace tiempo que aceptamos como normal que los dirigentes que cobran el sueldo de nuestro bolsillo despachen asuntos humanitarios con un “métalos usted en su casa” tan irresponsable como vomitivo.
La comisión europea habla ya de los refugiados como si fueran emisiones de CO2. Primero con lo de la cuotas y ahora se sacan la manera de que los gobiernos incumplan pagando un peaje para que los refugiados los acoja otro. Con una multa de 250.000€ de un refugiado que te toque acoger y que no acojas. La pagas y te exime de responsabilidad. Ósea pagar por escaquearse. Y hace unos días con la proposición de que las políticas de asilo se deberían financiar con una combinación de préstamos e impuestos que contribuirían a cumplir objetivos climáticos de Paris. Idea discutible donde la haya, pues muy a nuestro pesar, poco tienen que ver el tocino con la velocidad.
Pertenecer a Europa no es solo tener Euros en el bolsillo, es también ser solidario con la desgracia que está pasando en nuestras fronteras. No podemos mirar para otro lado. Hace tiempo recibíamos fondos europeos nosotros, ahora es a nuestro país conjuntamente con sus socios europeos a los que les toca echarles un cable y ayudarles mediante planes de integración responsables en el que el factor educativo sea indispensable. La cuota de refugiados que tienen que recibir nuestros países europeos no son números, son familias, son niños, son personas. Hay que ser solidarios con la desgracia ajena.
Si las muertes de los que sufren el hambre y la guerra en esos países en conflicto o los que se ahogan intentando cruzar en una barcaza hacia nuestro continente hicieran bajar los índices Dow jones, Nikey o el Ibex35, hace ya mucho tiempo que no existiría el Día Mundial del refugiado. Pero este día tiene que existir, como si no se iban a exonerar las culpas y las vergüenzas de nuestros dirigentes políticos ante tanta desgracia e injusticia.