LA TARJETA POSTAL
04.06.2016 Antonio Villalba Moreno El pasado lunes se me ocurrió abrir el buzón de mi casa. Había publicidad de las centros comerciales cercanos, varios avisos de impuestos pendientes de cobro y … ¡una postal! Me extrañé. Perdón, igual algunos lectores no saben o no recuerdan qué era eso. Sí, una cartulina con una fotografía por un lado y en el reverso la explicación de la imagen, un espacio para el sello y el resto en blanco para escribir un mensaje.
Hechas las oportunas aclaraciones comentaré lo que me ocurrió. Ya he dicho que me sorprendió, muy gratamente, porque me hizo retroceder unos años y recordé las primeras que envié, al menos desde el extranjero. Fue en 1985, aún no había llegado a la veintena de años y aquel verano me fui de interrail por Europa con dos amigos.
Hace algo más de treinta años remití varias tarjetas desde distintos países a mis padres, abuelos y amigos. Algunas llegaron después de mi viaje, como la que mandé desde Roma con una fotografía del Coliseo, en ella le decía a mi novia que tenía muchas ganas de verla y que le enviaba muchos besos. Nos reíamos los dos mientras la besaba en persona y la sosteníamos comentando la rapidez de Correos.
Ahora eso es impensable. La inmediatez impera en casi todo. Fotografías, mensajes y noticias llegan al instante. Llámenme antiguo, carca o como quieran hacerlo, pero yo echo de menos dosificar las emociones, dosificar las fotografías pensando en las 24 o 36 de cada carrete y por tanto, escogerlas de forma concienzuda. También la emoción del revelado, esas fotos en papel que veíamos varios días después, incluso semanas si el carrete quedó a la mitad y no se acabó hasta las siguientes vacaciones.
La celeridad de los correos electrónicos y, sobre todo, de los whatsapp no cuadran con la postal que encontré en el buzón, pero lo extraño fue que, cuando me senté en casa para contemplarla y leerla, me percaté que eran las Torres Gemelas. Me dio un vuelco el corazón al verlas enhiestas e intactas y recordé el acontecimiento que nos cambió la vida a todos.
¡Qué cantidad de sensaciones pasaron por mi cabeza! ¿Cómo era posible aquella incongruencia? ¿Era una broma de mal gusto que alguien quiso gastarme a destiempo? ¿Se habrían equivocado de dirección?
Estuve un buen rato observando aquella imagen y no caí en darle la vuelta y comprobar el remitente. Era de mi amigo Pepe, de visita en Nueva York, fechada en los noventa. Un sello de medio dólar estaba pegado y franqueado en el margen derecho y unas líneas manuscritas me saludaban desde el otro lado del Atlántico (y, ahora también, desde el pasado).
No quise averiguar el motivo por el que apareció en mi buzón, al contrario, agradecí tan grata sorpresa que me hizo agitar mis recuerdos y remover mis sentimientos. Así que busqué una chincheta y pinché la tarjeta postal en mi tablón de anuncios.