CARACAS Y MADRID.
10.07.2016 Joaquín Ramírez Iberoamérica, Hispanoamérica o Latinoamérica, siempre está presente en la vida de España. Cada exceso, cada crisis, cada noticia, tiene un especial eco en nuestro país. Se habla de “especiales lazos”, de vinculación cultural, de parentesco o de países hermanos. Lo cierto es que el golpe de estado en Chile, desde el asalto a la Casa de la Moneda, el asesinato de Allende y los avatares de la dictadura de Pinochet fueron asuntos que nutrían las noticias y el debate de nuestra vida diaria. Pasó lo propio con la dictadura argentina, y el grado de conocimiento de muchos personajes nefastos, militares y civiles, era muy alto, Videla, Masera… Antes de eso, Juan Domingo y Evita Perón fueron portada y objeto de atención de buena parte de nuestros compatriotas durante años y aún hoy. El general Stroessner protagonizó una de las más largas dictaduras de América -35 años- al frente de Paraguay y su nombre se convirtió en habitual como objeto de crítica política también en España. Cuba, cuya longeva dictadura es todavía más larga, fue la última gran posesión española y nunca hemos dejado de atender su actualidad de forma totalmente cotidiana. Las FARC colombianas, Sendero Luminoso en Perú u otros implicados en sucesos violentos o de terror fueron del conocimiento y atención de los nuestros en todo momento. Correa (Ecuador) o Evo Morales (Bolivia) son viejos conocidos. La llegada del movimiento Sandinista a Nicaragua, o la vida de Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica, República Dominicana, Paraguay o Puerto Rico, también son y han sido objeto de interés y conversación. ¿Qué decir de Méxicoo Panamá?, por unas causas o por otras, el PRI, el presidente Fox, Peña Nieto o, en su día, el general Noriega… No, no es raro ni extravagante que en estos días Venezuela, con muchos de sus más importantes personajes, ocupe parte de nuestra curiosidad y debate. Carlos Andrés Pérez, conocido presidente socialista de aquel país, tuvo al final de su mandato mucho lío con la corrupción, aquí se habló de ello uno y otro día. Tal y como se ha hecho con Chávez –desde su llegada-, Maduro, Diosdado Cabello, el fallecido en extrañas circunstancias Fiscal Nisman, Henrique Capriles, Corina Machado, Leopoldo López, Lilian Tintori, el alcalde Ledezma, entre otros.
Si a todo ello añadimos que el modelo venezolano fue en numerosas ocasiones puesto como ejemplo a seguir por la muy emergente fuerza política de los Iglesias, Monedero, Errejón, Bescansa, Echenique, etc. a nadie puede ni debe extrañar que se hable de Venezuela y su estrangulamiento económico, democrático y social en medio del proceso político español.
La reciente larga campaña electoral, tras la disolución de las Cortes en octubre de 2015, ha intensificado las alusiones a la cuestión venezolana por la innegable importancia electoral y política de Podemos, por los documentos que prueban las muy pingües e inexplicables ayudas gubernamentales de Venezuela a la fundación CEPS u otros inexplicados cobros y papeles, la probada relación con el Régimen Chavista de los principales dirigentes podemitas, el agravamiento de las condiciones sociales y democráticas de aquel país, los presos políticos, las visitas de Felipe González, Zapatero y recientemente Rivera… El gobierno de España se ha interesado por las encarcelaciones de algunos de los principales políticos opositores, ha acogido a sus familiares y hasta ha concedido la nacionalidad española a algunos de ellos para facilitar sus movimientos y su incesante lucha contra la persecución y la injusticia. Hay doscientos mil españoles en Venezuela, las circunstancias de desabastecimiento e inseguridad de todo orden nos obligan a intentar atender y ayudar lo más que se pueda.
Y no, no es Venezuela modelo a seguir, como tampoco lo es su paradójico “referéndum revocatorio”, una figura jurídica inspirada por una mente perversa, aplicada parcialmente ya una vez de modo igualmente perverso.
La crisis y los aberrantes sucesos de corrupción nos han llevado a los españoles a escuchar algunos cantos de sirena en momentos de especial sensibilidad. Sin embargo, la senda de la Transición del 78 sigue siendo el más viable y mejor camino de nuestra democracia, con todos los inconvenientes y virtudes. Nunca nuestro país alcanzó un grado general de prosperidad social tan alto como el actual, ni nunca una Constitución ha durado tanto ni dado mejor resultado que la vigente; perseverar en el espíritu que su letra y realidad representan no debe ser una opción. A pesar de los problemas y de nuestra sociológica y tradicional tendencia derrotista, pueden tomar nota: el proceso español, su sistema y su orden constitucional, sí que son el modelo a seguir.