ESCALOFRIOS EN AGOSTO
13.08.2016 Rafael Guardiola Iranzo Desde que me he despertado se agitan una y otra vez en mi cerebro recalentado dos estrofas de “Pido la paz y la palabra”, el descarnado libro de poemas de mi admirado Blas de Otero. Mi segundo órgano más querido, como diría Woody Allen, pide una tregua para no caer rendido antes de tiempo, como si el asedio lo protagonizase cualquiera de los grandes éxitos del verano del pasado siglo,paridos por la inefable Raffaela Carrà o el ínclito Georgie Dann. En cualquier caso, esta comparación me produce escalofríos y hace que me “espeluque” –como diría una entrañable amiga natural de Alozaina-, aunque se haga con voz queda y en esa intimidad que permitía al expresidente Aznar hablar en catalán. Dice el poeta: “Me llamarán, nos llamarán a todos./Tú, y tú, y yo, nos turnaremos,/en tornos de cristal, ante la muerte./Y te expondrán, nos expondremos todos/a ser trizados ¡zas! por una bala./Bien lo sabéis. Vendrán/por ti, por ti, por mí, por todos./Y también/por ti./(Aquí/ no se salva ni dios, lo asesinaron.). ¡Vaya jarro de agua fría! No hay duda de que hoy me he despertado cual disciplinado budista, meditando una y otra vez sobre la fugacidad de la vida y la cruda realidad del sufrimiento que es norte de nuestra existencia.
Y es que la muerte puede llamar a nuestra puerta con su enorme guadaña sin mantener las ciceronianas reglas del decoro, como le sucedió el pasado 14 de julio a una mujer siberiana, decapitada cuando practicaba sexo demasiado cerca de las vías del tren y en estado de embriaguez. Eros y Thanatos se fundieron en una macabra y oscura danza, como si le quisieran dar la razón a Freud, y abortaron el “final feliz” para gestar una truculenta historia. Para compensar, leo en la Red que la compañía aérea Flamingo Air permite a sus usuarios mantener relaciones sexuales en sus vuelos desde hace más de dos décadas (y yo con estos pelos). Actualmente y por 425 Euros, los pasajeros pueden disponer de un vuelo de una hora en una avioneta privada, separados por una cortina del espacio ocupado por el piloto, siendo agasajados con champán, chocolate, almohadas y sábanas ad hoc. La noticia no habla de la posible participación del piloto o la pilota en el evento. Yo prefiero no imaginármelo, porque ello me produce un vértigo tan invalidante como el que paralizaba al protagonista de la película memorablede Alfred Hitchcock encarnado por James Stewart.Una vez más, sexo y muerte van de la mano, aunque sólo sea como posibilidad, en forma de una fantasía digna del mismísimo Marqués de Sade.
Miedo me da compartir con ustedes esta canción “pegadiza” de tonalidad verde, después de haber tenido que declarar a finales de junio, como funcionario obediente, que no he sido “condenado por sentencia firme por algún delito contra la libertad e indemnidad sexual, lo que incluye la agresión y el abuso sexual, acoso sexual, exhibicionismo y provocación sexual, prostitución y explotación sexual y corrupción de menores, así como por trata de seres humanos”, de acuerdo con el artículo 13.5 de la Ley Orgánica de protección jurídica del menor. Aquí estoy, querido lector, sufriendo unos simbólicos escalofríos, con efecto retroactivo, en pleno mes de agosto, viendo peligrar mi derecho a la intimidad sin haber abierto la boca hasta ahora, sintiéndome desposeído -como si tal cosa- de mi humana libertad, sintiéndome bajo sospecha como consecuencia de haber superado una oposición en tiempos ancestrales y tener un público adolescente, contemplando cómo proliferan las causas inquisitoriales y se multiplican los inquisidores a diestro y siniestro, y cómo los gestores del Estado –muchas veces sumido en las cloacas de la corrupción- se vanaglorian,con un cinismo superlativo,de ser fieles guardianes de la moralidad más estricta. No sé si podré conciliar el sueño esta noche pensando que alguien pueda señalarme con el dedo acusándome de exhibicionismo por escribir estas letras o despertar una sonrisa entre mis alumnos, aunque no use gabardina y lleve bien cubiertas las partes pudendas.