2016,  Opinión

GORILAS EN EL CONGO

20.11.2016 Rafael Guardiola Para festejar el tiempo que, presuntamente, nos ha regalado el irracional cambio de hora institucional he saboreado los momentos culminantes de un reportaje sobre la sacrificada vida de los gorilas a orillas del río Congo y las cochinadas reiteradas de un grupo vecino de chimpancés, así como los dos movimientos finales del concierto nº2 de Serguéi Prokófiev, uno de mis compositores preferidos, un auténtico monumento al virtuosismo. Tenemos los biorritmos alterados como las maracas de Machín a causa de las preferencias ideológicas del general Franco por la Alemania nazi, y por los criterios de los usuremos más recalcitrantes de la Unión Europea. Estos últimos justifican la medida en aras del ahorro energético y la productividad, pero sus argumentos son falaces en estas latitudes. En lugar de hacer estos malabarismos temporales, ya es hora –valga la redundancia- de que se imponga en España la jornada continuada y de que el empresariado sea consciente de que es muy importante que los trabajadores disfrutemos de un tiempo dilatado para el descanso, el ocio y la vida familiar, para compensar los sinsabores de la jornada laboral, y si en este tiempo tan sagrado nos alumbra la luz natural, mejor que mejor. La psicología social ha demostrado, hace bastante tiempo, que el rendimiento en el trabajo es superior cuando el trabajador está más descansado y satisfecho con su vida personal. Además, no sé por qué les estoy contando esto, cuando el principal problema laboral actual es, que no hay trabajo digno para todos, como nos promete la Constitución. Será por la reciente lectura de un artículo sobre Singapur, “el país del futuro”, transitado por coches sin conductor, con robots encargados de la enseñanza  y niños que juegan con drones como si tal cosa. La mayor parte de los trabajos en las sociedades industriales avanzadas son superfluos (tanto como un elevadísimo porcentaje de los epígrafes que contienen mis programaciones didácticas ajustadas a la LOMCE), por inútiles o porque podrían ser realizados con eficacia  por robots y programas informáticos de última generación.

 

“Todo cambia, nada permanece” es una de las afirmaciones que se atribuyen a Heráclito de Éfeso, apodado “el oscuro”, pensador presocrático griego afectado de misantropía y de hidropesía. Su obsesión, como la de los filósofos contemporáneos, era perfilar una respuesta cabal para el problema de la naturaleza de las cosas y, en particular, sobre las características del fenómeno del cambio. Todo está en constante devenir, como las aguas de un río –pongamos el Nilo, para que la cosa sea exótica- en las que no podemos volver a bañarnos. El cambio impone su imperio a la naturaleza y llega inevitablemente a la orilla de lo humano. A pesar de la aparente constancia y permanencia de la estructura social en la que se enmarca nuestra existencia, todo está revuelto, se transforma incesantemente como la coloración de un camaleón atribulado. Así, con el cambio de hora, los votantes Socialistas de las dos últimas convocatorias electorales se han enterado de que, en realidad, han optado por el Partido Popular. Esto lo descubrieron los seguidores de Ciudadanos días atrás, sin demasiados sobresaltos. Tengo la sensación de que me va a resultar difícil explicar en clase, sin travestirme intelectualmente, algunos temas consagrados a las virtudes de la Democracia y el sistema de partidos políticos, en conexión con la concepción de la verdad como “coherencia”.

 

Pero aunque todo cambie, todo permanece. Nada parece haber cambiado con la metamorfosis del sábado 29 de octubre de 2016 y muchos respiran con alivio en su propio engaño. Los docentes que no hemos sido tocados por la ingenuidad ni por el clientelismo sabemos que las declaraciones del ya presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sobre la paralización de la aplicación de las “reválidas” propuestas en la nueva ley educativa, la LOMCE, en pleno debate de investidura, son una burda maniobra propagandística. En el texto aprobado hace dos legislaturas, se habla explícitamente de que las pruebas de evaluación externa carecerán de validez académica en el presente curso, 2016-2017. ¿Dónde está el cambio? Aunque en el presente curso se ponga el parche de que las pruebas externas sean similares a la difunta selectividad, y que sólo tendrá que afrontarla el alumnado que desee cursar estudios universitarios, la LOMCE cercena de cuajo la innovación pedagógica, pues fija los llamados “estándares de evaluación”, unos criterios uniformes –y unos contenidos, no nos engañemos- para todo el Estado, so pretexto de la universalidad de la prueba. Los centros educativos están a punto de convertirse en grises “academias” para la preparación de reválidas, y el profesorado se encuentra maniatado a la hora de abordar los contenidos seleccionados, por la imposibilidad de ofrecer enfoques alternativos y el carácter exhaustivo de los temarios.

 

Es cierto. La vida de un grupo de lustrosos gorilas que habitan cerca del río Congo, y que no pueden atravesarlo porque no saben nadar, no cambia ante la llegada de un posible competidor de su macho alfa. El intruso, el nuevo “espalda plateada” sólo quiere sexo, y no quiere buscar un sustituto en el poder, como les pasa a tantos humanos. El viejo macho alfa seguirá siendo el primero en comer, y el grupo continuará su natural devenir, siempre y cuando nadie se salga del guion. Esto último tiene mucho que ver con la concepción platónica de la justicia y la interpretación funcional del Estado. Como todo cambia y nada permanece, yo prefiero votar a otros simios menos ceremoniosos: los “bonobos”.