EL CALOR DE LOS SUEÑOS EN UNA CIUDAD VIVA
27.07.2017 Rafael Guardiola Un singular hormiguero humano se apoderó la tarde-noche de ayer, viernes 21 de abril, de “La Térmica”, el centro de creación y producción cultural contemporánea de Málaga, institución que se ha convertido en un referente por derecho propio de la vida ciudadana. “La Noche de los Libros” rindió un homenaje al mundo gestado en el vientre de la escritura, aunque sólo sea para llevarle la contra a los artífices del terror, el odio y el resentimiento, dentro y fuera de la estructura de los estados de las sociedades industriales avanzadas. La narrativa, la música, la poesía, el ensayo, el teatro, la literatura infantil y las artes plásticas se dieron de la mano para subrayar un hecho incuestionable: la gozosa presencia y protagonismo de los hijos de la imprenta en el siglo XXI. Les confieso que el hormiguero humano que, en ocasiones, podía aturdir al visitante y que me recordó vivamente a las aglomeraciones de los transportes públicos de Madrid, la ciudad en la que nací hace tantos años que ni me acuerdo, en plena hora punta, no me resultaba alienante. Me traía a la memoria aquellas huérfanas tardes de domingo en las que gozaba fundiéndome con el lento movimiento de la masa en las aceras de la Gran Vía madrileña, a la salida de las sesiones numeradas de los cines en el siglo pasado, con objeto de paliar los efectos negativos de la soledad–a veces involuntaria, a veces deliberada- o un exceso de vida reflexiva. Es éste un buen ejercicio para subrayar la propia identidad y calmar la llamada de la sociabilidad, buscando sonrisas a cada paso, miradas cómplices, lágrimas perdidas en el asfalto, los signos de la preocupación y la pobreza material o de espíritu. Los sentidos se aturden pero, en ocasiones, quedan anestesiados por la belleza de lo humano, en la que tiene también un lugar reservado el sudor y el almizcle, el ruido y el vértigo de la velocidad, y hasta el calor de los sueños.
Las colas generosas que nos consumen de ordinario no parecían ayer un oneroso obstáculo para los espíritus libres. A mis espaldas, ciudadanos sedientos del dulce alimento de las ideas dialogaban sobre libros, sobre la codificación del ruido que es la música, sobre películas, sobre los elementos arquitectónicos y decorativos sincréticos del antiguo orfanato que nos había abierto sus puertas. La ciudad estaba viva y yo podría escuchar sus latidos con fuerza. Se me antojaba que el hormiguero hacía así acopio de alimento para el invierno, para la noche en la que todos los gatos son pardos y en la que reina la estupidez supina de nuestros emperadores del momento, de Trump, Putin, Xi Jinping y tantos otros, estulticia que amenaza con relegar a los museos las conquistas de la democracia de mis amados griegos. Porque, como comentaba el economista Juan Torres en las redes sociales, tras el lanzamiento de la mayor bomba no nuclear en tierras afganas: “cuesta trabajo creer que mañana puede empezar la III Guerra Mundial y todo siga transcurriendo como si nada. Siento más tristeza que miedo”. Gracias a los libros y a la lenta procesión del hormiguero humano, también había tiempo para la alegría y los placeres de los sentidos, la imaginación y el entendimiento.
El italiano Nuccio Ordine, con su imagen elegante e imponente, profesor de prestigiosas universidades y experto en el pensamiento del Renacimiento, clamó por la “utilidad de lo inútil”, oxímoron que sirve de título a su conocido libro publicado en España el 2013. Sus reflexiones sintonizan con otras manifestaciones, como las de la filósofa norteamericana Martha Nussbaum en su celebrada obra Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, publicado tres años antes, obra de la que he hablado en este medio en otra ocasión. Para Nuccio Ordine los planes educativos actuales de muchos países occidentales han expulsado o dejado de financiar a un destacado conjunto de saberes humanísticos y científicos –o han tenido la tentación de hacerlo-, por considerarlos “inútiles”. Muy al contrario, se trata de saberes imprescindibles y el criterio utilitarista no genera la universalidad y necesidad del imperativo categórico kantiano, sino que colabora con la barbarie y la perversión de la egoísta aspiración al beneficio que impone su imperio en los tiempos presentes. ¿Y si las preguntas fueran más importantes que las respuestas? El utilitarismo que destilan formas de pensamiento tan influyentes en el mundo anglosajón de nuestros días, como el pragmatismo americano, contempla la racionalidad con los ojos del modelo matemático, con el firme propósito de abordar la solución de problemas. Aunque se sustituya esta actitud, esta perspectiva epistemológica dominante por la consecución de “objetivos” –eliminando los vestigios pesimistas de la palabra “problema”-, el pensamiento en boga encuentra su expresión arquetípica en los libros de autoayuda, libros que nos lo dan todo hecho (y de paso, nos recuerdan las cosas que hacemos “rematadamente mal”).
La filosofía, tal y como yo la entiendo, tiene poco que ver con este recetario pseudocientífico y moralista que se ha apoderado de los cerebros bienpensantes y amenaza con convertirse en “la voz de su amo”. Pues, como afirma el filósofo francés Michel Onfray, el autor del polémico Tratado de ateología (2005), en una entrevista reciente, “devolver la filosofía a la calle no es hacer la calle”. Comparto el tono hedonista y libertario de Onfray, y su decisión a la hora de elevar la consideración de la filosofía como un saber “de altura” y, al mismo tiempo, más pendiente de la claridad y la simplicidad que de la sacralización idealista de los conceptos. Griegos y romanos consideraban la filosofía como un saber popular, dado que se trata de “saber vivir”, del arte que nos pone en el camino de aprender a vivir bien. Siguiendo el planteamiento del filósofo y gran humanista Pierre Hadot, Onfray nos recuerda el cambio de timón que perpetraron el Cristianismo y “los buscadores de tres pies al gato”, cuando la filosofía se convirtió en “un asunto de curas encerrados en sus gabinetes, de técnicos anclados a sus escritorios, de profesores intoxicados por sus bibliotecas”, es decir, en una cuestión de “teoría”, de vanas y altivas especulaciones, paridas como dibujos en el aire. Pensar y vivir el pensamiento, esa es la alternativa. Y tal vez, como postulaba Platón, que el gobernante fuera el filósofo o, sin ser tan exigentes, “que los gobernantes supieran más filosofía”, como afirma en una entrevista publicada en el ABC de Sevilla el pasado día 16 de abril el filósofo sevillanoJosé Barrientos y poner en cuarentena la actividad de muchos practicantes del coaching y la autoayuda. Barrientos y Onfray simpatizan con la Práctica Filosófica, con una filosofía que ayuda a grupos o personas particulares a profundizar en aspectos importantes de su vida. “La filosofía práctica –afirma el profesor Barrientos-no pretende curar a nadie ni solucionar su vida, sino que la vida de la persona tenga más peso.
Aquí es donde entra en juego “mi vida en el arte”, parafraseando el título de un libro del genial actor, director escénico y pedagogo teatral ruso Konstantín Stanislavski, (1863-1938), un texto que me influyó poderosamente en la adolescencia, cuando el teatro comenzaba a ser una de mis grandes pasiones. Seguramente, el hecho de que mis padres fueran músicos hizo que pronto simpatizase con las tesis del filósofo alemán Herbert Marcuse acerca del valor emancipatorio del arte. La creatividad artística nos libera de la servidumbre y la opresión del mundo de la razón unidimensional, de los imperativos hipotéticos, de la “acción instrumental” que hace las delicias del pragmatismo triunfante. Este es también el hilo argumental, aunque en clave terapéutica, como “método salvífico” para enfrentarse a la enfermedad mental provocada por traumas severos de la infancia, como es el caso de la violación, que esgrimió el pianista y escritor James Rhodes (Londres, 1975), en su intervención en “La Noche de los Libros”, en diálogo con la periodista y escritora Silvia Grijalba. El autor de Instrumental. Memorias de música, medicina y locura–libro del que ha vendido más de 75.000 ejemplares- alcanzó gran notoriedad en España al ser entrevistado en diciembre de 2016 por Jordi Évole en el programa “Salvados”, y sus reflexiones despertaron mi curiosidad gracias a los comentarios de mi amiga Isabel García y de su hija Alba. Hoy he sido plenamente consciente de que gracias a la música, James Rhodes, mi padre –que nació, como Kant, un 22 de abril-, y yo mismo, logramos la tan ansiada “atención plena” que persiguen los practicantes de ese trasunto occidental de la meditación del budismo tibetano que se conoce como “Mindfulness”. Con la vida en la música es fácil dejar de pensar, romper hábitos automatizados y apartar de nosotros–aunque sea sólo momentáneamente- los efectos perniciosos de las emociones negativas, de ese torrente de sentimientos que nos esclavizan o nos restan autonomía. James Rhodes está convencido de que no hay mejor remedio para la locura que la locura del arte, sobre todo si se trata de las obras para piano de Beethoven, Bach o Chopin. Y no creo que piense que haya que tatuarse en el brazo el nombre del genial Sergéi Rachmaninov en alfabeto cirílico necesariamente para alcanzar la mayoría de edad en materia filosófica. ¡Sapere aude!