Cultura

CRONICAS CON ALHARTE:EL SALON DE OTOÑO DE PINCEL Y BARRO

 Enrique Martín  La sala de exposiciones «Bryan Hartley Robinson», ubicada en la «Finca El Portón», fue centro hasta el próximo 2 de noviembre la muestra colectiva «Salón de Otoño», una exposición formada por obras de los miembros de la asociación cultural «Amigos de las Bellas Artes Pincel y Barro’04» que llegó este año a su décima edición, consolidándose como una de las citas anuales ineludibles dentro del panorama artístico alhaurino y de la que aunque quede atrás nos gustaría hacer una crítica.

Durante esas semanas, la sala de exposiciones se convierte en galería de arte para ofrecernos un espacio expositivo donde prima el fomento del arte, su exhibición y el contacto entre artistas y público, dándonos —además— la posibilidad de que tanto amantes del arte como coleccionistas podamos adquirir obras originales.

Nada más entrar y ver el título de la exposición grabado en la pared, me vino a la memoria aquel otro «Salón de Otoño» de 1905 en París, donde se expusieron obras de difícil clasificación, regidas por reglas ajenas al arte realizado hasta entonces. Esas obras no fueron otras que las expuestas por los «fauvistas», donde primaba el uso provocativo del color, hasta el punto de convertirse en singulares recipientes de espontaneidad y atrevimiento. Aquí, en este «Salón de Otoño» de 2019, aunque la mayoría de las obras «beben» de la belleza clásica, también podemos encontrar —salvando las distancias y sin llegar a ser creaciones «fauvistas»— obras realizadas con espontaneidad y atrevimiento, innovando, abriendo —sin duda— un nuevo camino para futuras muestras. De hecho, durante el acto de inauguración de la exposición, el propio presidente de la asociación «Pincel y Barro», Francisco García, afirmaba que la presente muestra —de momento— había sido la más innovadora de cuantas habían presentado, tanto en técnicas como en formatos. Estos cambios, evoluciones o transformaciones son, en algunos casos, atisbos de ruptura con la tradición, pero en otros, evidentes muestras de cambio que iremos revisando y siguiendo en futuros encuentros. En todo grupo de artistas, siempre hay alguien con necesidad de cambio.

Aquellos viejos «salones» franceses o ingleses de principios de siglo XX, fueron los primeros donde el arte se hacía accesible a toda la sociedad, al gran público, dando a conocer la historia a través de las obras, potenciando la sensibilidad estética, el pensamiento crítico, además de poner en contacto a los propios artistas, marchantes y público en general. Una idea simple y transformadora en la historia del arte. Una idea que ha llegado hasta nuestros días con una vigencia absoluta.

Todos los artistas que exponen en esta muestra han tenido y tienen libertad creativa en cuanto a la elección de tema, estilo o formato utilizado. La base del arte es la belleza, y en cada corriente o estilo al que se acerca cada autor, el concepto de esa belleza es diferente, no tenemos que ver una obra bajo un único prisma de belleza. En estas exposiciones colectivas, que también son punto de encuentro entre artistas, ese concepto de belleza está en continua revisión y reenfoque, ajustándose al mundo en que vivimos, a la sociedad que compartimos y a las circunstancias que nos rodean. A fin y al cabo, la vida se transforma en arte. Como vivimos es como creamos.

En la presente edición de «Salón de Otoño» expusieron sus trabajos un total de 12 artistas, presentando 19 obras ejecutadas con diferentes técnicas: óleo, acuarela, técnica mixta, acrílico y lápiz de color. Al iniciar nuestro recorrido por la sala, nos encontramos con obras realizadas en técnica mixta, como «Azulino», de Eugenia Navajas, que da imagen al cartel de la exposición, donde un pájaro de tonalidad azul y vientre amarillo camina por una capa de hojas secas sobre un fondo imaginario. Que mejor forma para que algo parezca real que poner directamente la realidad sobre la obra, en este caso poner las hojas secas, eso es lo que ha hecho la autora, realidad absoluta. También encontramos otras piezas realizadas mediante técnica mixta, como las de Rafael Rey, «Sinfonía de colores 1 y 2», atrevidas e interesantes obras donde los colores crecen y se elevan sin —todavía— llegar a perder el contacto definitivo con la realidad. Y siguiendo con la técnica mixta, nos encontramos con un original trabajo de Rafael Navajas Escalera, «Coleóptero ecologista», donde el autor nos transmite el necesario y urgente mensaje «Cuidar el Planeta es cosa de todos» mientras el insecto que aparece en la obra parece sostener el mundo con sus frágiles patas, un mundo que el ser humano se aferra en romper como si de un papel se tratara. Este mismo autor también nos presenta una original y poética obra titulada «Tú», un acrílico de pincelada pastosa, acompañado de unos versos de Jacinto Benavente totalmente vigentes hoy en día, «En el meeting de la Humanidad», los cuales nos hacen reflexionar sobre el individualismo que nos rodea, pese a vivir en un mundo totalmente globalizado.

En la muestra también encontramos obras realizadas mediante acuarela. Conchita Domené nos presenta «Sombras», donde resalta el trabajo de la artista con las transparencias y el dominio del blanco. Las acuarelas tienen una belleza encubierta que me interesa mucho. Otra de las acuarelas con las que nos encontramos, de las varias que hay en la sala, es la realizada por Francisco García Olmedo, «La invencible», representando la batalla naval entre las naves españolas enviadas por el rey Felipe II en 1588 para invadir Inglaterra y los navíos ingleses. La noche, los fogonazos de los cañones, el reflejo sobre el agua del navío ardiendo, un mar embravecido, pájaros observando la trágica escena desde las alturas. En la acuarela tenemos toda la tensión de la batalla, la oscuridad de un combate fratricida, y curiosamente, a pocos metros, encontramos otra obra del mismo autor radicalmente diferente. La vida es contraste, un artista también y lo refleja en sus trabajos. Esta segunda obra de la que estamos hablando es «Compañeros», acrílico sobre lienzo, donde también hay mar, como en la anterior, aunque en esta ocasión no es un mar embravecido y oscuro sino un mar luminoso. Luz, orilla, calma, vida y blancos frente a oscuridad, tragedia y muerte.

Siguiendo con las acuarelas, pudimos ver dos obras realizadas por Ángela García, «Samurái» y «Geisha», que nos traen a la memoria aquellas estampas japonesas realizadas de manera tradicional durante siglos mediante grabado xilográfico, el arte del «ukiyo-e», donde a pesar de su antigüedad, hacían un uso muy «moderno» del color y de la forma. Los trabajos que tenemos ante nosotros no son grabados, sino acuarelas, pero nos evocan enormemente a ese antiguo arte japonés.

Junto a las acuarelas anteriormente mencionadas, se encontraba una obra realizada por Isabel Pérez mediante lápiz de color y acuarela, «Monje Tibetano», donde las gigantescas manos del monje, tratadas con minuciosidad, sostienen una hermosa campana tibetana y un mala. Interesante obra donde destacamos el detallado trabajo en pliegues, adornos y color.

Si pasamos ahora a la técnica del óleo, recordamos obras como «El Bosque», de Adeli González, un paisaje lleno de luz y color realizado a través de pequeñas pinceladas, y de la misma autora, un equilibrado «Tulipanes». Siguiendo con el óleo, estaba  «Parque», de Juan Marín, donde geometría y naturaleza se entremezclan en un cuidado rincón verde. Nos  pudimos parar  en «La Tempestad», de Adolfo López García, un inquietante e imaginario lienzo donde vemos un pequeño barco a la deriva ante una amenazadora ola gigante que se le acerca. La luna es testigo de la fragilidad de la embarcación y de los restos de lo que antes fue una vela. Y en contraste a la oscuridad de esta obra, llena de sombras y tinieblas, nos encontrábamos con los vivos trabajos de Ellen Cornellia Dijkgraaff, «Uvas de Málaga» y «Rosas de Andalucía», donde a través de una pincelada suelta y pastosa, llena de color, nos acerca a sus temáticas más características, las flores y el paisaje. La última obra que comentamos en este recorrido por la técnica del óleo es el original trabajo de Marta Bleda-Soler, «Realidad diluida», el mundo visto a través de un cristal mojado, a través de las gotas de agua. Unas gotas que le roban el protagonismo al propio escenario que vemos a través del cristal. Un trabajo realizado con una magnífica técnica.

Cada artista que expone en la muestra nos aporta su propia experiencia pictórica, su propia evolución, confrontando obras donde la realidad quiere permanecer diluida en un vidrio mojado con otras piezas donde la realidad quiere saltar fuera, en definitiva, un diálogo entre artistas que tiene como resultado una exposición llena de bellos detalles.