Opinión

NOCHES DE FUTBOL

12.02.2017 Antonio Villalba De niño, en las noches veraniegas, me fascinaba encender la radio enorme que teníamos en la cocina. Recuerdo un torneo veraniego, creo que era el Carranza. Mis padres ya se habían acostado, mis hermanos veían la tele y yo, pegando el oído al gran mamotreto, buscaba un dial donde poder seguir el partido del Athletic. Lo conseguí a duras penas. Justo en el momento en que Dani, aquel pequeño extremo que lanzaba los penaltis con paradinha, marcaba un gol.

 

Escuchaba la información a través de un comentarista apasionado, imaginándome las jugadas de mis héroes: Rojo, Guisasola o Madariaga, luchando contra los contrarios. No sé si esa noche que ahora recuerdo, el Bilbao, como decíamos entonces, jugaba contra un conjunto brasileño o era contra uno de los equipos de Madrid.

 

Yo abandoné la narración del partido con empate a uno, cuando la voz de mi padre sonó en el dormitorio, seca y autoritaria, ordenando que nos acostáramos, que tenía que levantarse temprano al día siguiente y no lo dejábamos descansar. Tuve que obedecer de inmediato, al igual que mis hermanos, que apagaron el televisor.

 

Ya, en nuestro dormitorio, narraba a José Carlos el partido que estaba imaginando. Mientras él atendía a mis palabras con la boca abierta y las cejas enarcadas,  yo lo adornaba con tiros al poste, penaltis parados por Iríbar, y el golazo que Dani había marcado. A la mañana siguiente pude comprobar en un periódico deportivo que mi Bilbao había perdido por dos a uno.

 

No sé el motivo de que aquella noche junto a la radio me venga ahora, cuando somos capaces de saber, escuchar y/o ver en el mismo momento cualquier partido, por insignificante que sea. Quizá para añorar la ilusión infantil, quizá para comparar la diferencia entre los años setenta y los de la actualidad, donde la inmediatez impera en todo el momento. Quizá para reivindicar el encanto de los torneos veraniegos de aquellos años.

 

Ahora busco en Google si a mitad de los setenta, el Athletic jugó alguna edición del Carranza, y veo que en 1976 la jugó y perdió contra el Atlético de Madrid, pero fue uno a cero. ¿Dónde está ese gol de Dani? Entonces pienso cómo la memoria te juega “buenas pasadas” para hacerte disfrutar de momentos dulces como aquellos, aunque tu equipo en lugar de jugar el Carranza fuera  en el Teresa Herrera o el Villa de Madrid.

 

Le doy a leer los párrafos anteriores a mi hijo y me comenta que le gusta, pero que él, si escribiera como yo, lo haría sobre la gesta de su equipo, el Málaga, hace cuatro temporadas, cuando llegó a los cuartos de final de la Champions y fue eliminado de manera cruel e injusta (tras un gol en fuera de juego de tres jugadores en el último minuto del descuento) en Alemania, contra el Borussia.

 

Le respondo  que lo intente, y si lo hace, que se acuerde del momento tan emocionante cuando sonaba el himno de la Champions en la Rosaleda en el partido de ida, o mejor, cuando el Málaga remontó un gol en contra del otrora campeón de Europa, Oporto, en la eliminatoria anterior. El ambiente, en ambos casos, era espectacular. Nunca habíamos disfrutado de nada igual en este campo. Aquellas noches presenciamos algo histórico, mientras muchos capturaban lo que allí se vivía con sus móviles, yo lo disfrutaba de otro modo, en mis retinas, en mi mente, tomando conciencia de cualquier momento. Iba almacenando sensaciones porque temía que aquello no volvería a suceder en años.

 

Noches de fútbol, de nostalgia, de alegría. Partidos imaginados, vividos, disfrutados. Goles irreales, goles inventados, goles ilegales. Momentos de la niñez, de la juventud, de la madurez. Para gozar en solitario, con tu hermano, con tu hijo. Noches de fútbol.