2016,  Opinión

EUROCOMING

02.10.2016 Joaquín Ramírez  En los ensayos, novelas e incluso el cine de los 60-70, los aliados occidentales habían cambiado el uniforme militar por un aseado atuendo civil al que todos querían imitar. La guerra fría se servía con una media sonrisa y sus protagonistas occidentales se conducían con la seguridad de representar al Mundo Libre. Los franceses, británicos, alemanes o italianos y también los americanos –USA- habían aprendido de la historia lejana y de la más reciente, su adversario era el comunismo y su gran arma la democracia. Convencidos de su tarea, la construcción de Europa y el libre comercio eran una invitación de prosperidad y progreso asegurados para los países de su entorno. La Europa de los siete, doce, quince, veintisiete… El Parlamento Europeo, el tratado de Shengen, el euro como moneda común, el papel del BCE…  La Europa de la cultura y las libertades se convirtió en un modelo compartido común, el modelo más avanzado, más democrático, más social y de mayor progreso del mundo y de toda la historia.

 

Lejos de ser perfecta, la Unión Europea ha debatido, confrontado y rectificado constantemente en la búsqueda de las mejores opciones y las garantías de una más perfecta y profunda democracia. Construir un sistema económico y financiero que también condujera a la igualdad ha sido un camino casi pacífico en fases de crecimiento y mucho más arduo y controvertido en momentos de recesión y crisis económica. A pesar de ello, el espíritu del tratado de la UE y su fortaleza económica han podido mostrarse a las claras muy recientemente con los rescates y ayudas concedidos a Irlanda, Portugal y Grecia. Se mire como se mire, con todos sus inconvenientes, el hecho de que la Uniónpueda apoyar y respaldar de este modo a sus países miembros es la prueba más fehaciente del inmenso acierto que tienen las fórmulas empleadas y la vigencia de la filosofía y los objetivos fundacionales.

 

Todo ello no quiere decir que no se alcen voces denunciando errores, situaciones de injusticia, imperfecciones del sistema o posiciones contrarias por tal o cual causa. De hecho, en los últimos tiempos se ha producido un choque entre la necesidad de que algunos países contaran con el respaldo de la UE y una falseada cuestión de soberanía. Ya saben, eso de soplar y sorber a la vez. Independientemente de determinadas cesiones de soberanía en algunas cuestiones concretas transferidas a la propia UE, nunca ha habido rescates obligatorios, aunque sí condiciones de obligado cumplimiento caso de querer aceptar los referidos rescates. El prestatario para serlo pone condiciones al acreedor que así lo decide, no hay más misterio que ese en medio de un proceso que es constructivo y que sólo busca no dejar caer al país socio que ha generado la situación con su específica acción política y económica.

 

Tampoco ello quiere decir que la actuación de la UE en casos como éstos no sea perfectible ni que no esté sometida a debate y a los cambios y matices que puedan acordarse para afinar lo más posible en la consecución de los objetivos propuestos.

 

Sin embargo y a pesar de todo ello, los declarados enemigos de esta vanguardia han aumentado sus argumentos y su acción muy recientemente. La oleada de ese populismo miope que hace de la más simple inmediatez su plataforma para convencer a los más incautos goza hoy de más fuerza que casi nunca o nunca.

 

Nadie es impermeable a los inconvenientes o a las situaciones de dificultad y más si estas circunstancias son aderezadas con habilidad por los voceros de las más elementales y descaradas mentiras.

 

El otro gran enemigo de la Unión Europea es el terrorismo. Mientras más pacífica, organizada y próspera es una sociedad, mayor conmoción y daño puede causar un asesino organizado de indiscriminada actuación. Por ese motivo las políticas de seguridad son tan importantes y prioritarias en las instituciones europeas.

 

Europa tiene enemigos, pero no es enemigo de nadie. Aún las dudas y hasta la deserción reciente por chiripa del mayor euroescéptico, la UE es el vehículo ideal de futuro de un mundo sin fronteras en el que la igualdad de oportunidades y la democracia no sólo sean la norma, sino que habrá de alcanzar hasta el último rincón del planeta. A nadie deberá sorprender ver llegar que la coalición económica, social y política UE-USA sea en un futuro cercano lo que hoy es en solitario la Unión Europea, o que a ella se incorporen Canadá y México, ni tampoco que lo hagan Israel y hasta un Egipto que dé con su camino de modernidad, democracia y justicia. Es lo que viene.