NOS QUIEREN MÁS TONTOS
03.10.2016 Rafael Guardiola Este es el elocuente título del libro que Eduardo Luque y Pilar Carrera acaban de publicar en Ediciones de Intervención Cultural a propósito de la escuela que promueve sin rodeos la economía liberal. Aunque no me gusta hacer uso de fuentes que no he leído y, en su caso, desmenuzado y digerido, me hago eco aquí de la recomendación de la mítica revista “El Viejo Topo”, nacida en 1976 y que tanto transité en mi lejana adolescencia y juventud, enredado como estaba entonces, y sigo estando, en los espinosos confines del marxismo crítico y el pensamiento libertario. La sociedad industrial avanzada que se ha consolidado en occidente y aspira a ser también la sociedad del futuro, se ha amancebado lascivamente con un modelo educativo muy poco sensual para mis ojos operados de cataratas. El “saber hacer”, la “techné” de los griegos impone su imperio sobre el “saber”, sobre la fascinante “sophía”. La techné –saber hacer, saber producir algo- es, para Aristóteles, un modo de saber universal y exclusivo del ser humano, y de un espectro más amplio que el de nuestra “técnica”.
Se erige sobre la madre experiencia, pero es un saber inferior, a fin de cuentas, dado que sus objetos son meramente posibles, accidentales o “contingentes”: son de una manera determinada, pero podrían ser de otra (el artesano puede modelar un botijo, pero podría en su lugar hacer una jarra). Es la capacidad para producir algo actuando sobre las cosas, o sobre el propio ser humano en tanto que cosa (el carpintero puede fabricar una mesa y el nadador, aprender a nadar a braza, actuando sobre su cuerpo). No obstante, a la techné no le podemos pedir una finalidad diferente a la de “producir obras”, no da más de sí. Y las acciones sociales que siguen este paradigma no son otras que las que los filósofos de la Escuela de Frankfurt denominaron “acciones instrumentales”, acciones que se adoptan en función del coste y los beneficios de las mismas de acuerdo con un fin exterior. La utilidad es elevada a los altares y se convierte en un medio para justificar y consolidar el poder de unos pocos, manoseando obscenamente los cimientos mismos de la democracia y las virtudes de la globalización. Los planteamientos maquiavélicos y los imperativos hipotéticos se nos hacen familiares, carne de nuestra carne, alumbrando un pensamiento “unidimensional”, como afirmaba Herbert Marcuse al abrigo del Mayo del 68 francés.
Las proclamas en materia educativa sobre la bonanza del “saber hacer” del socialista francés Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea de 1985 a 1994, catapultadas por las otrora prestigiosas instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, han acabado recluyendo al conocimiento a secas en el castillo derruido del Libro I de la Metafísica del viejo Aristóteles (“todos los hombres desean por naturaleza saber”) y nos intentan seducir a los docentes con cantos de sirena, ahora bautizados como “competencias”. Tanto es así, que quieren construir “la sociedad del conocimiento” prescindiendo del propio conocimiento. Es el mercado el que marca el compás, el que fija en realidad los contenidos y los instrumentos diseñados para el aprendizaje, amparado en la erótica del poder más acartonado. Y en esta gris encrucijada una caótica milicia de psicopedagogos iluminados, de una especie muy diferente a la del mentado Eduardo Luque, y en las antípodas de la profesora de Historia que es Pilar Carrera, escupe vorazmente por sus fauces lloronas una jerga incontrolada, en el mejor de los casos, de conceptos bienintencionados pero vacíos. Al final, vamos a acabar añorando la alucinógena terminología de la vieja LOGSE. Según ésta, por ejemplo, cambiar a un alumno de sitio en el aula equivalía a hacer una adaptación poco significativa a uno de los elementos espaciales de acceso al currículo. Todo se puede empeorar fácilmente.
No quiero decir con esto, obviamente, que el conocimiento no tenga o no deba tener una dimensión práctica, sino que no comparto que sea el mercado quien delimite el ámbito de aplicación de lo conocido. Y ya saben que, afortunadamente, hay otros valores distintos de la diosa utilidad y ajenos a las concepciones ahistóricas del ser humano. La filosofía, por ejemplo, puede tener un estimable valor social, aunque no reserve sus sinuosas curvas a la organización empresarial y a la difusión a bombo y platillo de las ideas arrebatadoras de los nuevos emprendedores.
Para emprendedores osados, el gaditano Jenaro Jiménez, según la feliz crónica que ofreció Francisco Apaolaza en el diario Sur del 26 de septiembre titulada “Jenaro el escurridizo”: “Encontraron su coche en una playa de Cádiz y pensaron que se lo había tragado el mar. Dejaba una viuda embarazada, pero había huido a Paraguay con el dinero y una miss. Le acaban de detener en Hungría”. Jenaro Jiménez simuló su muerte en 2008, e hizo las Américas con los 47.000 Euros de la señal para la adquisición de una vivienda que sisó a un cuñado, para desaparecer nuevamente, tras su detención en Madrid y residir en Málaga. Cuando fue detenido en Budapest, Jenaro disfrutaba ya de la compañía de un nuevo amor, una azafata rumana.
Suscribo, para finalizar, el espíritu y el cuerpo mismo del comentario que el Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, José Antonio Pérez Tapias, ha dejado en las redes sociales: “Alumnas y alumnos del Grado de “Estudios Árabes e Islámicos” de la UGR pusieron en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras este cartel con tan iluminadora cita de Ibn Rushd. Tuvimos tiempo de atender a la enseñanza de Averroes. Desgraciadamente faltó más. Ojalá aprendamos de una vez.” El cartel decía: “La ignorancia lleva al miedo, el miedo lleva al odio, el odio lleva a la violencia. Esa es la ecuación”. El cordobés Averroes, singular intérprete de Aristóteles, es uno de los viejos emprendedores de la Filosofía, un amante de la “sabiduría a secas”.